martes 25 de agosto de 2009

Artículo sobre Oruña de Luis Borrás, en el Diario del Alto Aragón

DOMINICAL LITERATURA


A los pies del Moncayo
por Luis BORRÁS.
(23-08-09)

Reconozco que cuando supe que "Oruña" era un novela "de romanos", arqueología y siglos antes de Cristo, me dio pereza. Nunca me han gustado las películas péplum ni me han interesado los restos arqueológicos. Soy un niño de ciudad que se crió con las series americanas de televisión de finales de los setenta y mi interés por la antigüedad no llegaba más allá de las almenas del Castillo de Loarre. En esos yacimientos que pertenecieron a pueblos y civilizaciones desa­parecidas hace miles de años yo sólo veía tapias y teatros ruinosos, piedras por el suelo y columnas que sujetaban aire. Prefería los cromos de la liga de fútbol y Los Ángeles de Charly.

Pero cuando, en el primer párrafo, la novela me situó ante un amplio ventanal desde el que se divisaba una impresionante panorámica del legendario Moncayo, cambié de opinión. Esa montaña y su viento, frío y seco, sí que lo conozco. Y con ese cebo mordí el anzuelo. Luego, la habilidad de José Ángel Monteagudo para meterme en la historia hizo el resto. Primero me hizo sentir la curiosidad desde la ventana, materializando el pasado en un lugar visible y reconocible en el presente, lo invisible escondido entre las laderas de lo conocido, al alcance de la vista desde la terraza de casa, un misterio escondido en un lugar al que se puede llegar andando. Después me lo presentó desde los ojos de una niña, volviendo mi mirada inocente, haciéndome recuperar aquella forma de ver las cosas, aquella edad cuando la imaginación era capaz de transformar nuestra bicicleta en el caballo de un caballero medieval y a una cañapita en una poderosa lanza. "Oruña" pasó de ser una historia que hablaba de ruinas y piedras, pueblos desaparecidos y nombres extraños a convertirse en una historia de batallas y tesoros ocultos. Aventuras, batallas, héroes, guerreros y tesoros. Una oferta imposible de rechazar.Y mi imaginación de niño pasó del recuerdo de los romanos de Semana Santa y los dibujos de "Asterix en Hispania" a "Espartaco" y el desafío de los esclavos a Roma, para acabar en la batalla inicial de "Gladiator" y el grito de Libertad de Mel Gibson en"Braveheart".

Y así, mezclando fantasía y realidad, pasado y presente, José Ángel Monteagudo me contó la aventura de un poblado celtíbero que es parte de la historia viva de la pequeña villa de Vera de Moncayo. Monteagudo cuenta la historia como un profesor que se enfrenta a una clase de adolescentes apáticos. Hábil y apasionado, mezclando arqueología y epopeya, conquista su interés partiendo de una leyenda oral que habla de un fabuloso tesoro enterrado en el monte dentro de una piel de toro que jamás se ha encontrado. Y, de la mano de personajes contemporáneos con los que nos podemos identificar, nos llevará caminando con el recuerdo de Bécquer hasta las ruinas de la antigüedad. Y desde allí, sentado en una tapia de piedra ruinosa, levantará con sus palabras los muros y fosos de "Oruña", y nos contará la historia de un pueblo y un guerrero celtíbero, nos hablará de impuestos, esclavitud y propiedades requisadas, minas y posesión, orgullo y tierra, rebelión y guerra a muerte. Victorias, traiciones, destrucción y derrota.Y conseguirá los dos propósitos con los que escribió el libro: alentar la imaginación y alimentar nuestro conocimiento. Oruña sigue allí, a los pies del Moncayo.


Aquí tenéis la noticia en el Diario del Alto Aragón digital. Pinchad sobre el enlace para verla.
http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=586558




sábado 28 de marzo de 2009

Sobre "Oruña" por Miguel Ángel Marín Uriol

Querido amigo:

En primer lugar felicitarte por la historia que acabo de leer basada en la leyenda que como dices ha corrido de boca en boca a través de dos siglos y que yo desconocía.Mucho has trabajado pero como Gelan, has dado a Oruña la merecida libertad por segunda vez envelesándome hoja tras hoja del libro dado mi amor a esa tierra y la preciosa descripción histórica que del cerro haces.
Sin duda que las cosas adquieren gran valor en el recuerdo, y a los locos alucinados por la esfinge terrible, nos hace esclavos tanto de los pormenores históricos, así como de aquello que decora una subsistencia que hará reverdecer en el futuro las raíces del presente; no olvidemos que lo nuevo se sustenta de lo viejo.

Entrañable sorpresa .
Te confieso con gratitud que a mí me hubiera gustado escribir ese libro tan bien llevado, con tantos datos novelados o no. Una férrea voluntad propia de un espíritu preparado. Una voluntad que deseo de todo corazón no decaiga jamás. No olvidemos tampoco que los fracasos son el privilegio de los éxitos. No esperemos nada. Trabajemos, que como decía mi padre, del cuero salen las correas.

Nadie podía imaginar, ni el mismo Buntalos, que un día sus restos y ofrendas, trasladarían el mito de Argos en la búsqueda infructuosa del Vellocino de oro, a un lugar privilegiado de nuestro querido Moncayo.

Felicidades, con gratitud y cariño.

martes 24 de marzo de 2009

"ORUÑA" por Luis Bazán Aguerri

La historia ha sido usada, en demasiadas ocasiones, como marco de narraciones que, con más o menos acierto, movían personajes ajenos a la verdadera historia.Tómese lo dicho anteriormente en el sentido más estricto de la palabra HISTORIA. Monteagudo, en ORUÑA, da un vuelco en el planteamiento de cómo deben contarse las cosas, en el cómo hacer llegar al lector lo que sucedió y hacerlo creíble. Partiendo de testimonios escritos en el siglo II a.C. conduce con su trabajo hacia la contemplación pormenorizada de los momentos cruciales de un pueblo, el celtíbero, antes de su desaparición.

El qué guía al cómo y desarrolla el porqué: me explicaré. A lo largo de esta obra (a la que le faltan otras tantas páginas para que quedase satisfecha la curiosidad del lector), el autor desenvuelve con mimo pausado una verdad histórica. Se sumerge, e invita a sumergirse con él, en un laberinto de piedras que, para los desconocedores de la realidad, son sólo piedras y nada más que piedras. Pero cuando muestra, y demuestra, que cada una de esas piedras fueron colocadas, habitadas y defendidas por hombres de carne y hueso, con sentimientos de dignidad y orgullo, no queda más que asumir que la labor realizada por Monteagudo va encaminada, no a narrarnos una novela (que de eso tiene, y mucho), sino a dejar abierta la puerta de un posible ensayo o estudio sobre nuestros ancestros. Si a eso le sumamos las pinceladas de una narración breve ambientada en los principios del siglo XXI, obtenemos una sinopsis sobre la desesperación del ser humano por la supervivencia de su libertad en tiempos lejanos, y que en nada difiere a la que ansían algunos pueblos en los tiempos que nos ha tocado vivir. Ahí es donde aparece el qué empujó a los hombres a actuar de un modo determinado; cómo fueron los acontecimientos que se desencadenaron y el porqué de los resultados finales. Por lo tanto nos encontramos ante una lección de historia.




En ORUÑA no se ha construido una novela histórica, no. En ORUÑA, de la historia, se ha contado la otra historia; la desconocida tras siglos de olvido; ese olvido que encamina y empuja a cometer continuamente los mismos errores. El acercarnos a los hechos partiendo de tres puntos distintos (con el punto de vista del narrador serían cuatro), logra José Ángel Monteagudo una obra en relieve al superponer los planos en un complejo diseño arquitectónico (que parece sencillo, pero que no lo es), además de cuidar (como si dirigiese una pieza teatral), el movimiento secundario del que no se habla, pero que está ahí, dándole perspectiva incluso al paisaje, porque no debemos olvidar que, como buen conocedor del paisaje prerromano donde transcurre la obra, se convierte en el cicerone ideal y nos sube y nos baja por laderas inaccesible y nos hace beber del agua fresca de los manantiales al pie del Moncayo (mil veces hollado y siempre virginal), nos pasea por las calles de la ORUÑA perdida y nos muestra por unos instantes el marco Becqueriano con la inconfundible Cruz Negra, y vislumbramos con él los viejos bosques ya desaparecidos. Hay un aspecto que debe destacarse en ORUÑA: los ensamblajes de las distintas partes. No podemos usar aquí el lenguaje informático de cortar y pegar porque sería quitarle valor a lo que realmente ha conseguido el autor.Es mucho más correcto decir que ha usado el bisturí con precisión. Ha terminado cada apartado en el punto exacto. Y ha cosido nervios, venas y masa muscular donde y como se debe hacer; conectando, así, la realidad a la ficción lejana, y la ficción lejana a la ficción cercana: todo un logro.



Bosquejo de ensayo, novela corta y narración brevísima; un tres en uno que facilita el conocimiento, invita a saber y deja insatisfecho; es el cóctel perfecto para abrir el apetito de nuevas lecturas sobre el tema. A ORUÑA hay que acercarse con humildad, porque humilde es su tamaño (ya he dicho, al comienzo de esta reseña, que le faltan otras tantas páginas ─sólo cuenta con 95 empezando realmente en la 7). Quien entre en él con la cantinela de los que todo lo saben y nadie les va a enseñar nada nuevo con el consabido “a ver qué me cuenta este”, “a ver qué se le ha ocurrido ahora”, etc. etc., que no lo abra. Que no lo abra aunque lo haya comprado ya, porque con esos aires no conectará con Gelan (alma mater del desarrollo), ni con las líneas de Apiano (testigo directo de los hechos), ni con la inocencia de Gema (cuyo interés por el conocimiento no ha hecho más que empezar). He disfrutado con esta lectura, e invito a recorrer sus páginas posándose en los puntos que el lector considere oportuno (porque puntos donde posar el razonamiento no le van a faltar).

"Oruña" por José Luis de Arce


Título: “ORUÑA”

Autor: José Ángel Monteagudo

Editorial: CERTEZA (Colección Cantela), 94 páginas.


Crítica: José Luis de Arce


Es notable el esfuerzo que despliega el editor Vicente Zalaya (“CERTEZA”) para descubrir talentos literarios y darlos a conocer, bendito sea, en este secarral intelectual aragonés, tan despoblado. Acabo de leer “ORUÑA”, de José Ángel Monteagudo, último número de su ya importante colección “Cantela”, y compruebo una vez más el olfato de este hombre, José Vicente, para detectar indudables valores.

Entre tanto seudo–cuento y tanta novela mala, jaleadas, eso sí, por corifeos organizados, surge a veces un libro sencillo y llano, directo, fresco y poderoso de contenido. No es necesario llenar páginas y páginas ni envolver el ladrillo en cartoné y sobrecubiertas brillantes para hacer un libro; a veces un producto modesto y breve tiene mucho más fondo y valor porque es espontáneo, original, ha sido trabajado con intensidad y consigue el doble objetivo de entretener y enseñar.
Este es el caso de “ORUÑA”, relato corto que recrea la gesta de los celtíberos que poblaron el somontano del Moncayo hasta que fueron sojuzgados por las tropas romanas en el siglo II a.C. Para construir su documentado libro, Monteagudo se vale de materiales históricos y de fabulación, manejando dos historias paralelas, abundantes datos y referencias arqueológicas y citas de autores clásicos; con todo ello pretende el autor –y lo consigue– dar un aire de veracidad a esa historia que también es un homenaje emocionado al valor y sentimientos de libertad de los ancestros, ya que según la tesis que viene a sostener Monteagudo, los antiguos pobladores del cerro de Oruña son los antecesores de los actuales habitantes de Vera de Moncayo, de donde es oriundo el propio autor.
De lectura amena, se completa la historia con la inclusión entre capítulo y capítulo de algunos poemas de gran fuerza expresiva, que revelan la calidad de la madera literaria que derrocha este escritor que promete y que ya tiene algunas publicaciones en su haber y nos anuncia próximos trabajos.

"ORUÑA" por José Luis Gracia Mosteo


TO BUILD OR NOT TO BUILD

porJosé Luis Gracia Mosteo


Gruña, como la llaman localmente, u Oruña, es el nombre de un cerro que se halla en las cercanías de Vera del Moncayo; una colina donde se encuentran las ruinas de un poblado celtíbero próximo al monasterio de Veruela, donde el autor de este libro teje una historia doble de recuerdos y heroísmo en una interesante nouvelle que inicia su carrera narrativa.


José Ángel Monteagudo es un escritor y estudioso que ya antes había dado a la estampa dos ensayos sobre la zona: Vera de Moncayo. Memoria Histórica (2005) y Los hermanos Bécquer, la mirada costumbrista (2008), además de un par de poemarios: Labrador Habla (2003) y España de Damocles (2004), que certifican su curiosidad lectora y su capacidad literaria. Hace veinticinco años que ejerzo la crítica y, aunque a trancas y barrancas, creo haber desarrollado ese criterio que otorga el estudio de la Historia de la Literatura y el ejercicio de la lectura y su comentario continuado. Jamás se me ocurriría, por contra, escribir sobre medicina o leyes. Creo diferenciar una sextina de una sextilla o una metáfora de una metonimia, del mismo modo que pienso que sólo se puede comprender El otoño del patriarca de García Márquez si se ha leído a Tirano Banderas de Valle Inclán, o a los Novísimos si se conoce la poesía helenística. No soy de fiar, es cierto. En 1984, el profesor Valbuena Prat me llamó como teacher assistant de su cátedra de literatura en la Universidad de Delaware (EEUU) en sustitución de la profesora Carmen Pérez que regresaba a España, pero engolfado como estaba en la Movida (eran los 80), tras imitar a Hamlet durante meses con el contrato en lugar de con la calavera, elegí la compañía de las chicas de Madrid, los amigos con querencia por el vino y la literatura en primera persona. Si hice mal, lo dirán los lectores. Así que, volviendo a la reseña, espero ser fiel a ese destino que me hizo crítico antes que escritor. Oruña es la narración de un pasado mítico atractivamente evocado; un tiempo brumoso, ese de la Iberia que acabaría siendo Hispania, y la lucha de sus orgullosas tribus contra al invasor (Roma) civilizador (la historia, como escribieron Pitágoras y Nietzsche, es un eterno retorno: algo parecido ocurriría entre Napoleón y la España decimonónica, pero con diferente suerte); en definitiva, el dilema entre identidad y razón. Si a esto añadimos que está contada con un español modulado y frecuentemente lírico; un español que se ajusta al argumento y donde cabe destacar los poemas intencionadamente arcaizantes y el aroma épico de una trama que engancha, no podemos sino dar la bienvenida al autor.


Sin embargo, esta interesante historia está intercalada de largas digresiones geográficas, arqueológicas e históricas contadas en off y desde la actualidad; unas explicaciones que cortan esa “suspensión de la realidad” que debe ser una narración, pues su tono técnico y bibliográfico choca con el puramente literario. To be or not to be. That is the question. “Ser o no ser. De eso se trata”, traducen hoy a Shakespeare, corrigiendo la desusada “cuestión.” En Oruña sería mejor decir: To build or not to build: “Construir o no construir.” De eso se trata. De la arquitectura de esta nouvelle sustentada sobre la historia de Gelán, Bonakos, Nunn o Ana, pero también sobre notas de arqueólogos y excavaciones que, situadas en un apéndice final, habrían dejado la novela en relato y mejorado su tono e intensidad. He ahí la cuestión. Por otra parte, quiero pedir disculpas por tanta digresión (yo, también), pero es la reseña de un amigo y el dilema estaba entre la amistad y la honradez. En todo caso, el mismísimo T. S. Eliot dejó escrito un libro titulado Criticar al Crítico, así que acepto cualquier veredicto.